
– Un día caluroso para una ejecución pública -comentó Richards.
Sir James gruñó a modo de asentimiento.
Se untó los cabellos cada día más escasos con la pasta de bayas de mirto. El gobernador Almont tenía cincuenta y un años, aunque ya hacía una década que se estaba quedando calvo. No era un hombre particularmente presumido, y de todos modos, normalmente llevaba sombrero, así que la calvicie no era algo tan terrible como pudiera parecer. Sin embargo, utilizaba preparados para combatir la pérdida del cabello. Desde hacía años usaba bayas de mirto, un remedio tradicional prescrito por Plinio. También se aplicaba una pasta de aceite de oliva, ceniza y lombrices trituradas para evitar la aparición de canas. Pero el olor de esa mezcla era tan nauseabundo que la usaba con menos frecuencia de la que consideraba aconsejable.
El gobernador Almont se enjuagó el pelo con agua de rosas, se lo secó con una toalla y examinó su aspecto en el espejo.
Uno de los privilegios de ser la máxima autoridad de la colonia de Jamaica era que poseía el mejor espejo de la isla. Medía casi treinta centímetros por cada lado y era de excelente calidad, sin irregularidades ni manchas. Había llegado de Londres hacía un año, a petición de un comerciante de la ciudad, y Almont lo había confiscado con un pretexto cualquiera.
No era ajeno a este tipo de comportamientos; incluso le parecía que con ello aumentaba el respeto de la comunidad hacia él. Tal como le había advertido en Londres sir William Lytton, el anterior gobernador, Jamaica «no era una región que adoleciera de un exceso de moral». En años posteriores, sir James recordaría a menudo tan acertadas palabras, ya que sir James no poseía el don de la elocuencia; era de una franqueza excesiva y tenía un temperamento marcadamente colérico, algo que él atribuía a la gota.
