
En todos los mercados, los tenderos y los carniceros tenían cuencos de vinagre junto a sus artículos. Los vendedores echaban las monedas en el vinagre; las monedas no pasaban de mano en mano. Todos procuraban pagar con el importe exacto.
Amuletos, baratijas, pociones y hechizos eran los artículos más solicitados. Anne se compró un medallón que contenía una hierba pestilente, de la que se decía que repelía la peste. Lo llevaba siempre puesto.
Aun así la gente seguía muriendo. Su hermano mayor cayó víctima de la peste. Un día, ella lo vio en la calle; tenía el cuello hinchado con grandes bultos y le sangraban las encías. No volvió a verlo.
Su otro hermano sufrió una suerte bastante común entre los vigilantes. Una noche, mientras custodiaba una casa, los habitantes encerrados en ella se volvieron locos por la demencia de la enfermedad. Consiguieron salir y mataron a su hermano de un disparo durante su evasión. A ella se lo contaron, porque nunca volvió a verlo.
Finalmente, Anne también quedó encerrada en una casa perteneciente a la familia de un tal señor Sewell. Estaba cuidando a la anciana señora Sewell, madre del dueño de la casa, cuando al señor Sewell se le manifestaron los bultos. La casa fue puesta en cuarentena. Anne cuidó a los enfermos lo mejor que pudo. Uno tras otro, todos los miembros de la familia murieron. Los cadáveres se fueron yendo en los carros funerarios. Al final se quedó sola en la casa y, milagrosamente, con buena salud.
Fue entonces cuando robó algunos objetos de oro y las pocas monedas que encontró; aquella noche escapó por una ventana del segundo piso y huyó saltando por los tejados de Londres. Un agente de policía la detuvo al día siguiente y le preguntó de dónde había sacado tanto oro una muchacha tan joven como ella. Le quitó el oro y la encerró en la prisión de Bridewell.
