
Will la miró y se levantó del sofá de golpe.
– Tengo que irme -murmuró.
Jane se quedó inmóvil, con los dedos todavía en el nudo del cinturón.
– Claro -repuso. Sí. Se hace tarde y tengo… -tragó saliva con fuerza-. Tengo planes -corrió a abrir la puerta.
Will dobló el contrato con una sonrisa y lo guardó en el bolsillo del pecho de la chaqueta. Sacó su cartera y le tendió un billete de cinco dólares.
– Es para que el contrato sea vinculante -explicó. La miró largo rato a los ojos-. Nos vemos pronto.
– Claro -repitió ella.
Cuando cerró la puerta tras él, se apoyó en la madera y se mordió el labio inferior para evitar que temblara. Si hubiera sido más lista, más guapa o más sexy, habría conseguido que se quedara. Lo habría metido en su cama y habrían hecho el amor toda la noche. Y por primera vez en su vida habría tenido un día de San Valentín que valiera la pena recordar.
Respiró hondo y volvió al sofá. Una lágrima rodó por su mejilla y se la secó con el dedo. Se obligó a sonreír.
– Bien, por lo menos puedo decir que me han besado en San Valentín -musitó-. Aunque él no se acuerde por la mañana.
Capítulo 1
– ¿Por qué no puedes parecerte más a Ronald? Es el hijo que nunca he tenido.
Will McCaffrey reprimió un gemido y apretó el respaldo de una de las sillas para invitados del despacho de su padre.
– Tienes un hijo, papá. Yo.
– Últimamente Ronald parece más hijo mío que tú.
Will odiaba aquella conversación, que tenía lugar al menos una vez al mes desde hacía dos años, desde que Jim McCaffrey había decidido jubilarse en un futuro cercano. La elección del sucesor se reducía a dos opciones: Ronald, el yerno, o Will, el hijo que no cumplía las expectativas paternas.
– Dime -replicó Will-. ¿Ha sido Ronald el que ha duplicado el valor neto de la compañía en sólo cuatro años? ¿Fue él el que consiguió el proyecto Winterbrook o el trato con West Washington? -hizo una pausa efectista-. No, espera. Fue tu otro hijo el que se deja la piel por esta compañía. ¿Cómo se llama?
