
– ¿Te refieres a David?
– Sí. El mes pasado tuvimos dos citas. Me llevó al teatro y la segunda vez al cine y a cenar. Es guapo, amable y educado. Un hombre en el que puedo confiar. Un hombre que no me partirá el corazón.
David Martin era un arquitecto que las había contratado para diseñar un jardín para una casa que construía él. Después de eso habían trabajado juntos en otros seis proyectos y Jane se había hecho amiga suya. Aunque él parecía conformarse con alguna cita ocasional, ella tenía la esperanza de que su relación avanzara a un nivel más íntimo que un beso de despedida en la mejilla.
– Yo sigo pensando que es gay -declaró Lisa.
– No lo es. Sólo viste bien y es muy educado. No todos los hombres que se cuidan son gays.
– ¿No te acuerdas de qué fue lo que os unió? Vuestro amor por Celine Dion y Audrey Hepburn.
– Tenemos intereses comunes. Es tierno, sensible y comprensivo. Y no como Will, que jamás vería dos películas seguidas de Audrey Hepburn.
– Y volvemos a Will -murmuró Lisa.
– Si tuviera que elegir entre los dos, elegiría a David sin dudarlo -le aseguró Jane.
Sonó la campana de la puerta y las dos se volvieron a ver entrar a un mensajero.
– Seguro que este hombre nos trae trabajo -murmuró Lisa-. O a lo mejor un sobre lleno de dinero.
– ¿Es usted Jane Singleton? -preguntó el mensajero.
Lisa señaló a su amiga.
– Es ella.
– Tengo que entregarle esto personalmente y cerciorarme de que lo lea.
Jane tomó el sobre.
– Personal y confidencial -leyó.
– ¿De quién es?
– No hay remite -rompió el sobre y sacó una fotocopia de un documento escrito a mano. En cuanto empezó a leerlo, reconoció la letra. Miró su firma al pie de la página-. ¡Oh, santo cielo!
– ¿Qué es? -preguntó Lisa.
Jane le tendió el contrato y leyó la carta que lo acompañaba.
– En el tema del contrato entre William A. McCaffrey y Jane Singleton, debemos discutir el cumplimiento de los términos lo antes posible. He fijado una reunión en mi despacho para mañana a las 10:00 de la mañana. Sinceramente, William McCaffrey, abogado en ejercicio.
