
Jane fue a la cocina a buscar la botella de champán que había metido en el cubo de hielo. Un contrato de matrimonio merecía una celebración. Abrió la botella, llenó una copa alta y la bebió de un trago para darse valor. Tenía que haber un modo de conseguir que volviera a besarla.
Al pasar por la ventana de la cocina, se vio en el reflejo del cristal e hizo una mueca. Con el albornoz, parecía una salchicha atada en el medio. Tal vez pudiera atraer a algunos alemanes vestida así, pero Will esperaba algo más. Se quitó el pasador del pelo y dejó que le cayera suelto en torno al rostro, se pellizcó las mejillas y aflojó el cinturón del albornoz para que se abriera más en el cuello.
Respiró hondo, buscó otra copa y volvió al sofá.
– ¿Quieres champán? O puedo traerte otra cosa.
Will levantó la vista y le sonrió, con los ojos clavados en el escote. Jane siguió su mirada y se dio cuenta de que no tenía nada que enseñar. Volvió a cerrarse el albornoz, avergonzada por su intento de seducción. Iba a sentarse al lado de él, pero la detuvo una llamada a la puerta.
– ¿Esperas a alguien? -preguntó Will.
Jane negó con la cabeza, frustrada por la interrupción. Abrió la puerta y se encontró con su casera, la señora Doheny, en el umbral con un plato lleno de galletas en forma de corazón en la mano.
– Feliz día de San Valentín, Jane-dijo con una sonrisa.
– Ya casi he terminado -anunció Will-. ¿Quién ha llamado?
La señora Doheny se asomó por encima del hombro de Jane.
– ¿Ese es Will? Will, acabo de dejarte un plato de galletas de chocolate en la puerta. Creí que habías salido con una de tus amiguitas -lo saludó con la mano-. Feliz día de San Valentín.
