
Es una tierra grande, si comparamos, primero corcovada, algo de agua de ribera, que la del cielo tanto puede faltar como sobrar, y hacia el sur se desmaya en tierra plana, lisa como la palma de una mano, aunque muchas de éstas, por designio de la vida, tienden a cerrarse con el tiempo, hechas al mango de la azada y de la hoz o de la guadaña. La tierra. También como la palma de la mano está cubierta de líneas y de sendas, sus caminos reales, más tarde nacionales, cuando no del señor ayuntamiento, y tres son los aquí expuestos porque tres es número poético, mágico y de iglesia, y todo lo demás de este destino está explicado en las líneas de ir y volver, carriles de pie descalzo y mal calzado, entre terrones y matojos, entre rastrojeras y flores bravas, entre el muro y el desierto. Tanto paisaje. Un hombre puede andar por aquí la vida entera y no hallarse nunca, si nació perdido. Y tanto le valdrá morir, llegada la hora. No es conejo o jineta para pudrirse al sol, pero imaginando que el hambre, o el frío, o el calor lo derriben en tierra donde no le echaron cuenta, o una enfermedad de esas que ni tiempo dan para pensar en nada, y todavía menos para llamar a alguien, aunque tarde lo han de encontrar.
De guerras y otras pestes se ha muerto mucho en este y otros lugares del paisaje y, no obstante, todo lo que por aquí se ve son vivos: hay quien dice que sólo por misterio insondable, pero las razones verdaderas son las de este suelo, de este latifundio que se prolonga lomas arriba y llano abajo hasta donde los ojos llegan. Y si de éste no es, de otro será, que la diferencia sólo a ambos importa, pacificado lo tuyo y lo mío: todo en tiempo debido y conveniente se registró en el censo, lindes al norte y al sur, a levante y poniente, como si tal se hubiera decidido desde el inicio del mundo, cuando todo era paisaje, con algunos bichos grandes y pocos hombres aquí y allá, y todos asustados.
