En aquellos tiempos, y después, se decidió lo que el futuro habría de ser, por qué líneas torcidas de la mano, este presente ahora de tierra repartida entre los dueños del hacha y según el tamaño y el hierro o filo del hacha. Por ejemplo: señor rey o duque, o duque y después real señor, obispo o maestre de orden, hijo derecho o de sabrosa bastardía, o fruto de concubinato, mancha así lavada y honrada, compadre por hija manceba, y también el otro condestable, medio reino por contado, y algunas veces amigos míos ésta es mi tierra, tomadla, pobladla para mi servicio y vuestra sucesión, guardada de infieles y otras inconformidades. Libro de santísimas horas, magníficas, y de sacratísimas cuentas traídas a palacio o al convento, rezadas en casonas terreras o en torres de vela, cada moneda un padrenuestro, tras diez avemaría, llegando a cien salve regina, maría es rey. Profundas arcas, silos abisales, graneros como naos de las Indias, duernas y toneles, arcas señora mía, todo esto medido en codos, varas y ferrados, en almudes, fanegas y cañadas, cada tierra con su uso.

Corrieron así los ríos, cuatro puntuales estaciones por año, seguras ésas, hasta en sus cambios. La gran paciencia del tiempo, y otra, no menor, del dinero, que, excepto el hombre, es la más constante de todas las medidas, incluso variando como las estaciones. En cada ocasión, lo sabemos, fue el hombre comprado y vendido. Cada siglo tuvo su dinero, cada reino su hombre para comprar y vender por morabetinos, marcos de oro y plata, reales, doblas, cruzados, reis y doblones, y florines de fuera. Volátil metal vario, aéreo como el espíritu de la flor o el espíritu del vino: el dinero sube, sólo para subir tiene alas, no para bajar. El lugar del dinero es un cielo, un alto lugar donde los santos cambian de nombre cuando les cuadra, pero el latifundio no.



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