
– ¿Sus hábitos?
– Sí.
– Bueno, no es que la viera mucho. Sólo cuando pasaba por delante de la ventana para ir a la cocina. Y no es que cocinara nada, por lo menos, que yo sepa. Pero del resto de la casa no sé, y no tengo idea de lo que hacía allí, supongo que sólo esperar.
– ¿Esperar?
– Esperar a que naciera la criatura. Porque los niños vienen cuando quieren.
– Ya. ¿Y ella se fijó en usted, signora?
– No; mi casa tiene visillos y la suya no. La calle es oscura, y normalmente por las ventanas apenas se ve, pero hará un par de años, poco más o menos, les pusieron delante una de esas farolas nuevas y por la noche hay luz en el piso. No sé cómo lo aguantan. Nosotros hemos de dormir con los postigos cerrados, porque si no me parece que no podríamos pegar ojo, no sé si me entiende.
– Desde luego, signora. Dice que no veía al marido, pero ¿vio en la casa a otras personas?
– A veces. Siempre por la noche. Bueno, después de cenar, aunque no es que la viera guisar, pero bien debía de hacerlo, ¿no?, a menos que alguien le llevara comida. Porque estando embarazada tienes que comer. Cuando yo estaba de mis chicos comía como una lima. O sea que bien debía de comer, sólo que yo no la veía guisar. Porque no se puede tener sin comer a una embarazada, ¿no le parece?
– Claro que no, signora. ¿Y a quién veía con ella en el apartamento?
– A veces, venían hombres que se sentaban a la mesa de la cocina y hablaban. Como fumaban, abrían la ventana.
– ¿Cuántos hombres, signora?
– Tres. Se les veía porque tenían la luz encendida.
– ¿Hablaban en italiano?
– A ver, déjeme pensar. En italiano, sí. Pero no eran de aquí, venecianos quiero decir. El dialecto no me sonaba, no era veneciano.
– ¿Y sólo hablaban, sentados a la mesa?
– Sí.
– ¿Y la muchacha?
– A ella no la veía, cuando estaban ellos. Cuando se iban, a veces entraba en la cocina, a por un vaso de agua, quizá. Por lo menos, la veía en la ventana.
