
– ¿Qué muchacha, signora?
– La jovencita embarazada.
– ¿Cuántos años cree que podría tener, signora?
– Pues unos diecisiete, o por ahí. Yo he tenido dos chicos, sabe usted, y de un chico habría podido decirlo, pero de una chica…
– ¿Y dice que estaba embarazada?
– Sí. Y a punto de dar a luz. Por eso se lo dije a mi nuera y por eso ella me dijo que viniera a contárselo a ustedes.
– ¿Que estaba embarazada?
– Que había tenido el niño.
– ¿Dónde tuvo el niño, signora?
– En mi misma calle, enfrente de mi casa. No en la calle, se entiende. En el apartamento del otro lado de la calle. Está algo más abajo, frente a la casa de al lado, pero como la fachada sale un poco puedo ver por las ventanas, y por eso la vi.
– ¿Dónde es eso exactamente, signora?
– En la calle dei Stagneri. Ya sabe, cerca de San Bortolo, bajando a campo de la Fava. Yo vivo a mano derecha y ella, a la izquierda, en el lado de la pizzeria, al extremo, cerca del puente. El apartamento era de una señora mayor, que no sé cómo se llamaba, que se murió, y lo heredó el hijo, que lo alquila a turistas, sabe usted, como hace la gente, por semanas o por meses.
»Pero cuando vi a la chica, y me fijé en que estaba embarazada, pensé que a lo mejor había decidido alquilarlo como un apartamento normal, comprende, con contrato y todo eso. Porque, si estaba embarazada, tenía que ser una de nosotras, no una turista, ¿verdad? Claro que rinde más alquilar por semanas, sobre todo, a los extranjeros. Y no tienes que pagar el…
»Ay, perdone. Supongo que eso no le interesa. Como le decía, esa chica estaba embarazada, y yo pensé que sería una parejita joven, pero luego me di cuenta de que nunca se veía al marido.
– ¿Cuánto tiempo estuvo allí la joven, signora?
– Cosa de una semana, quizá no tanto. Pero lo bastante para que yo llegara a conocer sus hábitos, poco más o menos.
– ¿Y podría decirme cuáles eran?
