
Por desgracia, Lynley no podía hacer nada. Scotland Yard no aceptaba casos de esta forma, y no interfería en la jurisdicción de la policía de un condado sin una petición formal del responsable regional. Por lo tanto, el viaje de Corntel a Londres era una pérdida de tiempo, y cuanto antes volviera al colegio para poner el caso en manos de las autoridades competentes, mejor. Lynley intentó persuadirle de esto, reuniendo tantos datos dispersos como le fue posible, decidido a utilizarlos para conducir a Corntel a la inevitable conclusión de que era preciso implicar a la policía local.
– ¿Qué ocurrió exactamente? -preguntó.
La sargento Havers, reaccionando como un autómata ante la pregunta de su superior, buscó una libreta de espiral en el escritorio de Lynley y empezó a tomar nota de preguntas y respuestas con su habitual competencia. El humo del cigarrillo le irritó los ojos. Tosió, aplastó el pitillo con la suela del zapato y lo arrojó a la papelera.
– El chico, Matthew Whateley, tenía permiso este fin de semana para ir a casa de otro estudiante, Harry Morant. La familia Morant posee una casa de campo en Lower Slaughter, y había preparado una fiesta para celebrar el cumpleaños de Harry. Estaban invitados cinco chicos, seis incluyendo a Harry. Tenían permiso de sus padres. Todo estaba en orden. Matthew era uno de ellos.
