
Corntel dotó a su afirmación de una fuerza peculiar, como a sus anteriores protestas. Parecía necesitar asumir la culpa de lo ocurrido. Lynley sabía que sólo había una explicación para tal necesidad. Si Corntel quería culparse, era porque lo merecía.
– Debía saber que estaría fuera de su ambiente con los Morant. Debía presentirlo -dijo Corntel.
– Pareces muy seguro de eso.
– Era un estudiante becado -por lo visto, Corntel creía que ese dato lo explicaba todo. No obstante, agregó-. Un buen chico. Muy trabajador.
– ¿Le apreciaban los demás estudiantes? -como Corntel vaciló, Lynley añadió-. Al fin y al cabo, si le invitaron a pasar el fin de semana en casa de uno, parece razonable concluir que era apreciado.
– Sí, claro, sólo que… ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de que tenía problemas? No lo sé. Era muy reservado. Siempre parecía enfrascado en sus deberes. Nunca tuvo el menor problema, ni tampoco mencionó ninguno. Sus padres demostraron una gran perspicacia al permitirle salir este fin de semana. Su padre, en la carta que me escribió concediendo el permiso, decía: «Es estupendo que Mattie se abra más al exterior». Mattie. Así le llamaban.
– ¿Dónde están sus padres ahora?
El rostro de Corntel reflejó tristeza.
– No lo sé. Tal vez en el colegio, o en casa, aguardando noticias. Si el rector no ha logrado impedírselo, puede que hayan acudido a la policía.
– ¿Cuenta Bredgar Chambers con una fuerza de policía local?
– Hay un agente en Cissbury, el pueblo más próximo, pero estamos bajo la jurisdicción de la policía de Horsham -sonrió con aire sombrío-. Tú dirías que está dentro de su territorio, ¿no?
