
– Sí, pero temo que no dentro del mío.
Corntel hundió más los hombros al oírle.
– Estoy seguro de que puedes hacer algo, Tommy. Poner alguna maquinaria en acción.
– ¿Una maquinaria discreta?
– Sí, exacto. Como quieras decirlo. Sé que es un favor personal. No tengo derecho a pedirte nada, pero, por el amor de Dios, acuérdate de Eton.
Estaba apelando a su lealtad, a los viejos lazos escolares. Daba por sentado que existía una devoción hacia las llamadas del pasado. El policía Lynley deseó disuadirle con la mayor rudeza posible, pero el muchacho que había compartido los días de colegio con Corntel no estaba tan muerto como Lynley deseaba.
– Si ha huido, tal vez con la intención de venir a Londres, habrá necesitado un medio de transporte, ¿no? ¿Hay trenes, autopistas o carreteras principales cerca del colegio?
Corntel pareció entender que estas palabras simbolizaban una mano tendida en su ayuda. Respondió sin la menor vacilación, ansioso de cooperar.
– No estamos muy cerca de nada útil, Tommy, por eso los padres se sienten seguros cuando envían a sus hijos al colegio. Está aislado. Llegar es muy fácil. No hay nada alrededor que pueda despistar. Matthew tendría que haber andado mucho para huir sin apuros. No podía arriesgarse a hacer autostop muy cerca del colegio, porque habría corrido el peligro, casi seguro, de que alguien del colegio, un profesor, un trabajador o el portero, circularan en coche por las cercanías, le viera y le condujera de vuelta al redil.
– Por lo tanto, es probable que ni siquiera haya llegado a la carretera.
– Lo dudo. Tendría que haber atravesado los campos, el bosque de St. Leonard y el pueblo de Crawley para llegar a la M23, donde se encontraría a salvo. Nadie sospecharía que venía de Bredgar Chambers. Pensarían que se trataba de un niño cualquiera.
– El bosque de St. Leonard -dijo Lynley, pensativo-. Lo más probable es que continúe allí, ¿no? Tal vez extraviado. Hambriento.
