Pero esta empecinada suciedad no molestaba a Kevin Whateley. Con los años se había acostumbrado a ella por completo y, por otra parte, cuando trabajaba en el jardín no reparaba en su existencia. Éste era su refugio, un lugar de éxtasis creativo en el que no hacían falta ni comodidad ni limpieza. Una vez entregado a la llamada de su arte, Kevin hacía caso omiso de pequeñas molestias.

En este momento se hallaba entregado a la fase final de pulido. Tenía en gran consideración su obra actual, un desnudo femenino yaciente, esculpido en mármol, con la cabeza apoyada en una almohada, el torso girado, con la pierna derecha sobre la izquierda, y el arco ininterrumpido de la cadera y el muslo que terminaba en la rodilla. Recorrió con la mano el brazo, las nalgas y el muslo, buscando rugosidades, y asintió con satisfacción al sentir la textura de la piedra, como seda fría, bajo sus dedos.

– Pareces embobado, Kev. Creo que nunca te he visto sonreírme de esta manera.

Kevin rió entre dientes, se enderezó y miró a su esposa, de pie en la puerta de la casa. Se secó las manos con un paño de cocina descolorido y, al reír, se ahondaron las arrugas que rodeaban sus ojos.

– Pues ven aquí y pruébalo, muchacha. La última vez no me prestaste atención.

– Estás loco, Kev, de veras -repuso Patsy Whateley, pero su marido advirtió el rubor de satisfacción que aparecía en sus mejillas.

– Conque loco, ¿eh? no recuerdo que dijeras eso esta mañana. Fuiste tú la que se montó encima de un tío a las seis en punto, ¿verdad?

– ¡Kev!

Ella lanzó una carcajada y Kevin le dirigió una sonrisa, estudiando sus rasgos queridos y familiares, admitiendo el hecho de que, a pesar de haberse teñido el cabello durante una temporada para mantener una apariencia juvenil, su rostro y su figura correspondían a una mujer de edad madura; el primero estaba surcado de arrugas, y tanto la mandíbula como la barbilla habían perdido su firmeza. La segunda se había rellenado en determinados lugares, donde en otro tiempo aparecían las curvas más deliciosas.



3 из 428