– Estás pensando, ¿verdad, Kev? Lo veo en tu cara. ¿Qué piensas?

– Marranadas, muchacha, capaces de sonrojarte.

– Es por culpa de esas tallas, ¿no? ¡Mirando mujeres desnudas un domingo por la mañana! Es indecente.

– Lo que siento por ti sí es indecente, cariño. Acércate, no me hagas perder el tiempo en fruslerías. Yo sé cómo eres en realidad.

– Se ha vuelto loco -anunció Patsy al cielo.

– Loco como a ti te gusta -cruzó el jardín en dirección a la casa, abrazó a su esposa y la besó sonoramente.

– ¡Dios santo, Kevin, sabes a arena! -protestó Patsy cuando él la liberó. Una línea de polvillo gris manchaba su sien, otra se destacaba sobre su seno izquierdo. Se sacudió la ropa, murmurando para sí exasperada, pero cuando levantó la vista y su marido sonrió, la expresión de Patsy se suavizó-. Medio loco. Como siempre.

Él le guiñó un ojo y continuó trabajando. Patsy siguió mirándole desde la puerta.

Kevin sacó del armario metálico la piedra pómez pulverizada que empleaba para preparar el mármol antes de agregar su firma a la pieza concluida. La mezcló con agua y la distribuyó generosamente sobre el desnudo yaciente, aplicándolo a la piedra. Concentró su atención en las piernas, el estómago, los senos y los pies, trabajando el rostro con suma delicadeza.

Oyó que su mujer se removía inquieta en el umbral de la puerta. Observó que estaba mirando el reloj de hojalata rojo de la cocina, que colgaba sobre el horno.

– Las diez y media -dijo Patsy con preocupación.

Fingía hablar para sí, pero la falsa indiferencia no engañó a Kevin.

– Vamos, Pats -la tranquilizó-. No exageres. Te veo venir. Olvídalo, ¿quieres? El chico llamará en cuanto pueda.



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