
Rikki vertió una taza café y salió al porche delantero para disfrutar de ese primer sorbo aromático. Iba a hacer mucho dinero hoy. Quizá incluso suficiente dinero para devolver a las mujeres que la habían aceptado como parte de la familia, los gastos en que habían incurrido por ella. No tendría su amado barco si no fuera por ellas. Probablemente podría llenar el barco con sólo una hora de trabajo. Con suerte, la planta de procesamiento pensaría que los erizos eran tan buenos como ella pensaba y los pagaría a precio de oro.
Rikki echó una mirada a los árboles que brillaban a la luz temprana de la mañana. Los pájaros revoloteaban de rama en rama y pavos salvajes caminaban por el riachuelo distante donde había dispersado semillas para ellos. Un joven macho cabrío paseaba por la pradera, a corta distancia de su casa. Sentada allí, sorbiendo su café y mirando la fauna a su alrededor, todo comenzaba a asentarse, tanto en el cuerpo como en la mente.
Nunca se había imaginado que tendría alguna oportunidad en tal lugar, tal vida. Y nunca la hubiera tenido si no fuera por las cinco extrañas que habían entrado en su vida y la habían aceptado en las suyas. Habían cambiado su mundo para siempre.
Se lo debía todo. Sus "hermanas". No eran sus hermanas biológicas, pero ninguna hermana de sangre podía ser más cercana. Se llamaban a sí mismas hermanas del corazón y para Rikki, eso es exactamente lo que eran. Sus hermanas. Su familia. No tenía a nadie más y sabía que nunca lo tendría. Ellas poseían su lealtad implacable e inquebrantablemente.
