Las cosas que ordinariamente herían, sonidos, texturas, cosas diarias que otros daban por sentado eran apartadas con el sudor de sus pesadillas o con la sal del mar. Cuando estaba en el agua, estaba tan cerca de ser normal como jamás lo conseguiría y se deleitaba en la sensación. Como siempre, estaba perdida en la ducha, desapareciendo en el limpio y refrescante placer que le traía, hasta que, bruscamente el agua caliente se fue y la ducha se volvió fría como el hielo, asustándola y sacándola fuera del trance.

Una vez que pudo respirar sin ningún problema, se envolvió en una toalla y se arrastró dentro de sus pantalones de chándal sin mirar las cicatrices de las pantorrillas y pies. No necesitaba revivir esos momentos otra vez, aunque noche tras noche, el fuego regresara, mirándola, marcándola para morir.

Tiritó, subió el volumen de la radio para poder oírla a través de la casa y sacó su ordenador portátil, llevándolo por el pasillo a la cocina. El bendito café era la única respuesta a la idiotez. Comenzó a preparar el café mientras escuchaba la radio escupiendo las noticias locales. Se dejó caer en una silla, quedándose quieta, para concentrarse cuando llegó a la información del tiempo. Quería saber cómo se sentía su amante esta mañana. ¿Calmado? ¿Enojado? ¿Un poco tempestuoso? Se estiró mientras escuchaba. Mar tranquilo. Poco viento. ¿Un inesperado simulacro de tsunami?

No otra vez.

– Qué tontería -murmuró en voz alta, desplomándose con desánimo-. No necesitamos otro.

Habían tenido un tonto simulacro. Todos habían obedecido. ¿Cómo se había perdido ella que se había planificado otro en las noticias locales? Cuando realizaban simulacros de esta magnitud, siempre se anunciaban mucho. Por otra parte… Rikki se irguió, una sonrisa floreció en su cara.



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