– ¿Vas a llevar un tender?

– Demonios, no.

Blythe suspiró.

– Ya hemos hablado de esto. Dijiste que considerarías la idea. Es más seguro, Rikki. No deberías bucear sola.

– No me gusta que nadie toque mi equipo. Enrollan mal las mangueras. No devuelven a su sitio los instrumentos. No. De ninguna manera. -Trató de no sonar beligerante, pero no iba a tener a nadie en su barco interfiriendo con sus cosas.

– Es más seguro.

Rikki puso los ojos en blanco. ¿Cómo si al tener a algún idiota sentado en el barco, no fuera a zambullirse sola? Pero no expresó sus pensamientos, en vez de eso, intentó una sonrisa. Fue difícil. No sonreía mucho, especialmente cuando las pesadillas estaban demasiado cercanas. Y estaba descalza. No le gustaba ser atrapada descalza, y a pesar de la determinación de Blythe de no mirar, no podía evitar que su mirada fuera atraída por las cicatrices que cubrían los pies y pantorrillas de Rikki.

Rikki se giró hacia la casa.

– ¿Te gustaría un café?

Blythe asintió.

– Yo iré, Rikki. Disfruta de tu mañana. -Vestida con sus zapatillas de correr y el chándal ligero, todavía se las arreglaba para parecer elegante. Rikki no tenía la menor idea de cómo lo hacía. Blythe era refinada, educada y todas las cosas que Rikki no era, pero eso nunca parecía importarle a Blythe.

Rikki respiró y se forzó a hundirse en la silla y meter los pies bajo ella, tratando de no parecer perturbada ante la idea de que alguien entrara en su casa.

– Estás bebiendo café negro otra vez -dijo Blythe y dejó caer un terrón de azúcar en la taza de Rikki.

Rikki le frunció el entrecejo.

– Eso fue malvado. -Buscó sus gafas de sol para cubrir su mirada directa. Sabía que molestaba a la mayoría de las personas. Blythe nunca parecía disgustada por ello, pero Rikki no corría riesgos. Las encontró en la baranda y se las colocó.

– Si vas a bucear hoy, lo necesitas -indicó Blythe-. Estás demasiado delgada y he notado que no has ido de compras otra vez.



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