– Yo también. Hay toneladas de alimento en las alacenas -indicó Rikki.

– La mantequilla de cacahuete no es comida. No tienes nada más que mantequilla de cacahuete en tu alacena. Hablo de comida verdadera, Rikki.

– Tengo chocolatinas. Y plátanos. -Si cualquier otra persona hubiera fisgoneado en sus alacenas Rikki habría estado furiosa, pero no podía estar molesta con Blythe.

– Tienes que intentar comer mejor.

– Lo intento. Agregué los plátanos como me pediste. Y cada noche como brócoli. -Rikki hizo muecas. Hundía la verdura cruda en la pasta de cacahuete para hacerla más comestible, pero se lo había prometido a Blythe así que se lo comía fielmente-. Me está empezando a gustar realmente la cosa, incluso aunque sea verde y se sienta como guijarros en la boca.

Blythe se rió.

– Bien, gracias por comer por lo menos brócoli. ¿Dónde te sumerges?

Por supuesto Blythe tenía que preguntar. Rikki se retorció un poco. Blythe era una de esas personas a las que no mentías, ni ignorabas como Rikki hacía a menudo con otros.

– Tengo ese negro que encontré y quiero cosecharlo mientras pueda.

Blythe hizo muecas.

– No hables en submarinismo. Inglés, cariño, no tengo ni un indicio de lo que quieres decir.

– Erizos de mar, púa con púa, tantos, que creo que podré recoger casi dos mil kilos en un par de horas. Podríamos utilizar el dinero.

Blythe la miró por encima de la taza de café, su mirada calma.

– ¿Dónde, Rikki?

Era como un maldito buldog cuando tenía algo.

– Al norte de Fort Bragg.

– Me dijiste que esa área era peligrosa -recordó Blythe.

Rikki se maldijo en silencio por tener una boca tan grande. Nunca debería haber hablado de sus raros presentimientos con las otras.

– No, dije que era espeluznante. El océano es peligroso en cualquier sitio, Blythe, pero sabes que soy una chica segura. Sigo todas las precauciones de inmersión y todas mis reglas personales de seguridad al pie de la letra. Tengo cuidado y no me asusto.



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