Arturo Pérez-Reverte


Limpieza De Sangre

A punto de incorporarse a su antiguo tercio en Flandes, Diego Alatriste se ve envuelto por mediación de su amigo don Franscisco de Quevedo en otra peligrosa aventura. Una mujer ha aparecido estrangulada en una silla de manos frente a la iglesia de San Ginés, con una bolsa de dinero y una nota manuscrita: Para misas por su alma.

A Carlota, a quien no queda sino batirse.

Hay blasones de prez en los cuarteles

del escudo; hay hidalgos, poetas, curas,

fabulosas Américas, meninas,

galeras que aprisionan los infieles,

horcas en los caminos, aventuras,

y estocadas en todas las esquinas.

Tomás Borrás Castilla.


I. UN LANCE DEL SEÑOR DE QUEVEDO

Aquel día corrieron toros en la plaza Mayor, pero al teniente de alguaciles Martín Saldaña se le aguó la fiesta. La mujer había aparecido estrangulada dentro de una silla de manos, ante la iglesia de San Ginés, con un bolsillo entre los dedos que contenía cincuenta escudos y una nota manuscrita, sin firma, con las palabras: «Para misas por su alma». La había encontrado una beata madrugadora, que avisó al sacristán, y éste al párroco, quien tras una urgente absolución sub conditione dio cuenta a la Justicia. Cuando el teniente de alguaciles hizo acto de presencia en la plazuela de San Ginés, los vecinos y curiosos se arremolinaban ya en torno a la silla. Aquello se había convertido en una romería, de modo que fueron menester unos corchetes para mantener alejada a la gente mientras el juez y el escribano levantaban acta, y Martín Saldaña le echaba un vistazo tranquilo al cadáver.

Saldaña se desempeñaba en todo del modo más cachazudo del mundo, cual si tuviera siempre mucho tiempo por delante.



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