
El caso es que del despacioso vistazo que el teniente de alguaciles le echó al cadáver, apenas salió nada. La muerta era madura, más cerca de cincuenta que de cuarenta, vestida con amplio sayal negro y tocas que le daban aspecto de dueña, o mujer de compañía. Llevaba un rosario en la faltriquera, con una llave y una arrugada estampa de la Virgen de Atocha, y al cuello una cadena de oro con la medalla de Santa Águeda; y sus facciones hacían pensar que en su juventud no fue moza mal favorecida. No había en ella más señales de violencia que el cordón de seda que aún ceñía su cuello, y la boca abierta en el rictus de la muerte. Por el color y rigidez se concluyó que había sido estrangulada la noche anterior, dentro de la misma silla de manos, antes de ser llevada a la iglesia. El detalle de la bolsa con dinero para misas por su alma indicaba un retorcido sentido del humor, o una gran caridad cristiana. A fin de cuentas, en aquella España oscura, violenta y contradictoria que fue la de nuestro católico Rey Don Felipe IV, donde disipados calaveras y crudos valentones pedían confesión a gritos tras recibir un pistoletazo o una estocada, no era singular vérselas con un asesino piadoso.
