Y cuando el capitán de la Cuesta, ensangrentado como un Ecce homo porque también llevaba encima lo suyo, dijo aquello de «Señores, hemos hecho lo que podíamos, pies en polvorosa y los que aun puedan que pongan a salvo el pellejo», mi padre y otro soldado aragonés pequeñito y duro, un tal Sebastián Copons, habían ayudado a Saldaña y a Diego Alatriste a ganar de nuevo las trincheras españolas, con todos los holandeses del mundo arcabuceándolos desde las murallas mientras corrían de vuelta, blasfemando de Dios y de la Virgen o encomendándose a ellos, que en tales casos era todo uno. Y todavía alguien tuvo tiempo y asaduras para traerse la bandera del pobre Ortiz, o Ruiz, en vez de dejarla en el baluarte hereje con su cadáver y los de doscientos camaradas que ya no iban a ir ni a Ostende, ni a las trincheras, ni a ninguna parte.

– Ortiz, me parece -concluyó por fin Saldaña.

Lo habían vengado bien cosa de un año más tarde, al alférez y a los otros doscientos, y a los que dejaron la piel antes y en los asaltos siguientes al reducto holandés del Caballo, cuando por fin, al octavo o noveno intento, Saldaña, Alatriste, Copons, mi padre y los otros veteranos del Tercio Viejo de Cartagena lograron meterse dentro de la muralla a puros huevos y los holandeses empezaron a decir srinden, srinden, que me parece significa amigos, o camaradas, y aquello de veijzven ons over o algo parecido, o sea, nos rendimos. Y fue entonces cuando el capitán de la Cuesta, que andaba fatal de lenguas extranjeras pero tenía una memoria estupenda, dijo aquello de «ni srinden, ni veijiven, ni la puta que los parió, sin cuartel, señores, acordaos, ni un hereje vivo en este reducto», y cuando Diego Alatriste y los otros izaron por fin la vieja y agujereada cruz de San Andrés sobre el baluarte, la misma que había llevado el pobre Ortiz antes de cascar pisándose las tripas, la sangre holandesa les chorreaba por las hojas de las dagas y las espadas, hasta los codos.



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