
– Se pisaba las tripas como aquel alférez de Ostende -concluyó Diego Alatriste-. ¿Recuerdas? El del quinto asalto al reducto, del Caballo… Ortiz, o Ruiz, se llamaba. Algo así.
Martín Saldaña asintió, acariciándose la barba entrecana, de soldado viejo, que llevaba para taparse el tajo que había recibido en la cara veinte años atrás, hacia el tercero o cuarto del siglo, precisamente durante aquel asalto a las murallas de Ostende. Habían salido de las trincheras al romper el alba, Saldaña, Diego Alatriste y quinientos hombres más entre los que también se contaba Lope Balboa, mi padre; y después corrieron terraplén arriba con el capitán Don Tomás de la Cuesta a la cabeza, y la bandera con la cruz de San Andrés llevada por ese alférez, Ortiz, Ruiz o como diablos se llamara, y habían tomado al arma blanca las primeras trincheras holandesas antes de trepar por el parapeto mientras el enemigo les tiraba encima de todo, y luego pasaron casi media hora acuchillándose en la muralla entre mosquetazo va y mosquetazo viene, y allí fue cuando a Martín Saldaña le dieron el tajo en la cara y a Diego Alatriste otro sobre la ceja izquierda, y al alférez Ortiz, o Ruiz, una escopetada a bocajarro que le dejó el mondongo fuera y arrastrando por el suelo mientras corría para salirse de la pelea intentando sujetárselo con las manos, pero no pudo porque lo remataron en seguida de otro tiro en la cabeza.
