Que según se decía lo miraba mucho, pues Guadalmedina era gallardo y de buen talle. La nota pintoresca la puso el último toro, al embestir a la guardia real. Porque sepan vuestras mercedes que las tres guardias, española, tudesca y de arqueros, formaban al pie del palco real con sus alabardas, apiñándose en una barrera que tenían prohibido deshacer, incluso aunque el toro se les acercara con las intenciones del turco. Esta vez el animal se había arrimado más de la cuenta, y dándosele un ceutí las alabardas, llevóse a pasear por la plaza, clavado en un pitón, a uno de los guardias tudescos, grande y rubio, que había echado fuera el mondongo entre muchos Himmel y Mein Gott, y a quien hubo que sacramentar de urgencia en la plaza misma.

– Se pisaba las tripas como aquel alférez de Ostende -concluyó Diego Alatriste-. ¿Recuerdas? El del quinto asalto al reducto, del Caballo… Ortiz, o Ruiz, se llamaba. Algo así.

Martín Saldaña asintió, acariciándose la barba entrecana, de soldado viejo, que llevaba para taparse el tajo que había recibido en la cara veinte años atrás, hacia el tercero o cuarto del siglo, precisamente durante aquel asalto a las murallas de Ostende. Habían salido de las trincheras al romper el alba, Saldaña, Diego Alatriste y quinientos hombres más entre los que también se contaba Lope Balboa, mi padre; y después corrieron terraplén arriba con el capitán Don Tomás de la Cuesta a la cabeza, y la bandera con la cruz de San Andrés llevada por ese alférez, Ortiz, Ruiz o como diablos se llamara, y habían tomado al arma blanca las primeras trincheras holandesas antes de trepar por el parapeto mientras el enemigo les tiraba encima de todo, y luego pasaron casi media hora acuchillándose en la muralla entre mosquetazo va y mosquetazo viene, y allí fue cuando a Martín Saldaña le dieron el tajo en la cara y a Diego Alatriste otro sobre la ceja izquierda, y al alférez Ortiz, o Ruiz, una escopetada a bocajarro que le dejó el mondongo fuera y arrastrando por el suelo mientras corría para salirse de la pelea intentando sujetárselo con las manos, pero no pudo porque lo remataron en seguida de otro tiro en la cabeza.



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