Para cuando terminé de husmear por las ventanas, de subirme a los postes de las cercas para ver si estaba roto algún cristal del tejado del invernadero y de asegurarme de que las puertas de los establos y de la cochera no sólo estuvieran bien cerradas sino que además no mostraran señales recientes de haber sido forzadas, ya era pasado el mediodía. Tenía hambre y sed, pero en la primera semana de marzo aún anochece pronto. No quería desperdiciar la luz diurna buscando algo de comer, así que empecé a caminar alrededor de la casa con decisión.

Era un edificio enorme. De lejos tenía un aspecto elegante, ligeramente federal en el diseño, con sus esbeltas columnas y sus fachadas cuadradas, pero a mí lo único que me importaba eran las ventanas, las puertas de la planta baja de los cuatro laterales y las puertas de los balcones del primer piso… el paraíso de un ladrón.

No obstante, todas las ventanas de los dos pisos bajos revelaban que tenían un sistema de seguridad. Comprobé unas cuantas de la planta baja con un contador, pero no vi que estuviera interrumpida la corriente en ningún lugar.

Desde luego, por allí iba gente: botellas de cerveza, el envoltorio plateado de las bolsas de patatas fritas, cajetillas de cigarrillos estrujadas, el inevitable condón, hablaban por sí solos. Quizá lo único que veía la señora Graham eran chicos de la zona que buscaban un poco de intimidad.

Me debatía entre trepar o no por las columnas para comprobar las puertas del balcón cuando vi detenerse un coche-patrulla. Un policía de mediana edad se me acercó sin apresurarse.



11 из 465