– ¿Tiene alguna razón para estar aquí?

– Probablemente la misma que usted. -Apunté con mi contador hacia la casa-. Soy de Florey y Kapper, los ingenieros mecánicos. Nos han dicho que una mujer cree ver hombrecitos verdes merodeando por aquí de noche. Sólo estoy verificando los circuitos.

– Hizo sonar algo en la cochera -dijo el policía.

Sonreí.

– Oh, lo siento: empleé la fuerza bruta. Ya nos lo advirtieron en IIT, pero quería ver si era posible levantar esas puertas. Lamento haberle hecho venir hasta aquí para nada.

– No se preocupe: así me he librado de la octogésimo tercera llamada para que vayamos a examinar correo sospechoso.

– ¡Qué fastidio!, ¿verdad? -dije esperando que no me pidiera identificación-. Tengo amigos en el Departamento de Policía de Chicago que ya no dan más de sí.

– Lo mismo sucede aquí. Tenemos que vigilar el embalse y unas cuantas centrales eléctricas. Ya va siendo hora de que el FBI atrape a ese cabrón del ántrax. Desperdiciamos una increíble cantidad de mano de obra atendiendo llamadas histéricas relativas a cartas de la vieja tía Madge que olvidó poner el remitente en el sobre.

Comentamos la situación del momento, como todo el mundo en aquellos días. Las fuerzas policiales se habían visto muy afectadas porque tenían que ocuparse de ataques terroristas imprevisibles, en lugar de resolver los muchos delitos locales. Los tiroteos desde coches, que habían descendido a su nivel más bajo desde hacía décadas, se habían disparado en los últimos seis meses.

Sonó el teléfono móvil del policía, quien respondió con gruñidos.

– Tengo que irme. ¿Puedo dejarla aquí sola?

– Yo también me marcho. El lugar me parece limpio, salvo por la basura de costumbre… -Apunté con el pie hacia un paquete de tabaco vacío cerca de la puerta-. No parece que nadie esté utilizando este lugar.

– Si encuentra a Osama bin Laden en el ático, llámeme: me ganaría unos puntos. -Se despidió con un gesto de la mano y regresó al coche patrulla.

No se me ocurría qué otra cosa buscar y, de todos modos, era prácticamente de noche y apenas se veía. Me dirigí al otro extremo de los jardines, donde comenzaba un bosque imponente, y volví a mirar la casa. Desde allí divisaba las ventanas del ático, que miraban inexpresivas al cielo.




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