
– Espero que Darraugh no haya exagerado al hablar de sus capacidades. Esta noche la estaré observando.
Negué con la cabeza.
– No puedo quedarme esta noche. Pero regresaré mañana.
Eso no le hizo ninguna gracia: si su hijo me había contratado, era mi deber trabajar las horas acordadas.
– Y si otra persona requiere mis servicios mañana, ¿debería dejar el trabajo que me ha encargado Darraugh para responder a las exigencias del nuevo cliente? -pregunté.
Las marcadas arrugas que tenía alrededor de la nariz se hicieron más profundas. Quiso saber qué asunto podría tener prioridad sobre el suyo, pero yo no estaba dispuesta a responder. En su favor he de decir que no perdió tiempo discutiendo al ver que yo no tenía intención de ceder.
– Pero usted me comunicará personalmente todo lo que averigüe. Prefiero que no sea Darraugh quien tenga que informarme: a veces me gustaría que se pareciera más a su padre.
Por el tono de voz que empleó, aquello no pareció un cumplido. Cuando me levanté para marcharme, me pidió -me ordenó, en realidad- que llevara las tazas a la cocina. Antes de dejarlas en el fregadero, le di la vuelta a una: porcelana de Coalport.
Pasé todo el camino hasta Chicago analizando sus sorprendentes comentarios. Me preguntaba por qué Darraugh odiaría tanto Larchmont. Me sorprendí a mí misma imaginando tramas de lo más truculentas. Que Darraugh era viudo. Que tal vez su amada esposa había muerto allí, mientras el gandul de su padre huía con su secretaria llevándose los diamantes de la mujer de Darraugh. O puede que Darraugh sospechara que Geraldine había ahogado a su esposa -o incluso a su padre- en el estanque y se juró no volver a pisar jamás la tierra de Drummond.
Mientras regresaba a los pequeños bungalows del West Side de Chicago, llegué a la conclusión de que probablemente el asunto era mucho menos dramático. Sin duda Darraugh y su madre tendrían los roces habituales de cualquier familia.
