
»Cuando murió mi madre, mandé cerrar el ático y trasladé al personal que quedaba al tercer piso. Como no recibía muchas visitas, nunca utilizaba esas habitaciones. Ni tampoco necesitaba a todos los sirvientes que mi madre consideraba esenciales para llevar Larchmont como si fuera el palacio de Blenheim.
»Fue de lo más extraño ver esas luces, como si los sirvientes de mi madre hubieran regresado allí para jugar al póquer. Mi hijo me aseguró que usted es una investigadora competente. Espero que, al contrario de la policía, usted se tome en serio mi denuncia. Después de todo, mi hijo le paga».
Me volví hacia ella y dejé los prismáticos encima de la mesa.
– ¿Usted o Darraugh han informado de esto al propietario o a los agentes inmobiliarios? Ellos deben de ser los principales interesados.
– Julius Arnoff es una persona amable, pero no termina de creerme. Comprendo que ya no soy dueña de la casa -dijo-. Pero sigo teniendo un profundo interés en que se mantenga en condiciones. Como la policía fue tan poco servicial le dije a Darraugh que prefería tener un investigador privado, con la obligación de que me informara regularmente. Lo que me recuerda que, si no me equivoco, aún no me ha dicho cómo se llama, joven. Darraugh lo hizo, pero se me ha olvidado.
– Warshawski. V.I. Warshawski.
– Oh, esos apellidos polacos. Son como anguilas que se deslizan por la lengua. ¿Cómo me dijo mi hijo que la llama? ¿Vic? La llamaré Victoria. ¿Me anota su número de teléfono en este cuaderno? Con números grandes; no quisiera tener que usar una lupa si necesito llamarla con urgencia.
Imaginar a la señora Graham con libertad para llamarme a las tres de la mañana cuando tuviera insomnio, o en momentos inoportunos del día en los que se sintiera sola, me llevó a darle sólo el número de la oficina. El contestador automático desviaría la mayoría de sus llamadas.
