
Sonó el teléfono. Pierce se fijó en la pantalla de identificación de llamada. Era otra vez del Casa del Mar. El mismo tipo. Pierce pensó en dejarlo sonar hasta que se conectara el contestador de fábrica, pero al final levantó el auricular y pulsó el botón de hablar.
– Mire, señor. No sé cuál es el problema, pero tiene el número equivocado. Aquí no hay nadie que se llame…
Colgaron sin decir nada.
Pierce se estiró hasta su mochila y sacó la libreta amarilla donde su secretaria había escrito las instrucciones del buzón de voz. Mónica Purl había contratado el servicio telefónico para Pierce, porque él había estado demasiado ocupado en el laboratorio durante toda la semana, preparando la presentación de la semana siguiente. Y porque para eso estaban las secretarias personales.
Trató de leer las notas a la luz agonizante del día. El sol acababa de escurrirse tras el Pacífico y él todavía no tenía lámpara en la sala de estar del apartamento. La mayoría de las viviendas de nueva construcción contaban con luces empotradas en el techo. La suya no. A pesar de que los apartamentos acababan de ser remodelados y tenían cocinas y ventanales nuevos, el edificio era antiguo. Y los techos de placas sin cableado interno no podían adecuarse a un coste razonable. Pierce no pensó en ello cuando alquiló el apartamento. El resumen era que necesitaba lámparas.
Leyó por encima las instrucciones del identificador de llamadas y las características de directorio. Mónica le había contratado algo denominado paquete de servicios: identificador de llamadas, directorio de llamadas, llamada en espera, rellamada, llamada esto, llamada lo otro. La secretaria había anotado en la página que ya había enviado el nuevo número a su grupo de correo electrónico nivel A. La lista estaba compuesta por casi ochenta personas, personas para las que quería estar localizable en cualquier momento, casi todos ellos contactos profesionales o asociados a los cuales también consideraba amigos.
