
Pierce volvió a pulsar el botón de llamada y marcó el número, que Mónica le había anotado, para configurar su programa de buzón de voz y acceder a él. Siguió las instrucciones que le proporcionó una voz electrónica para establecer una contraseña numérica. Se decidió por 21902, el día en que Nicole le había dicho que su relación de tres años había concluido.
Decidió no grabar un mensaje personal de bienvenida. Prefería ocultarse tras la voz electrónica incorpórea que anunciaba el número y daba instrucciones a la persona que llamaba para que dejara un mensaje. Era impersonal, pero ¿acaso el mundo en el que vivía no lo era? No tenía tiempo para personalizarlo todo.
Cuando hubo terminado de configurar el programa otra voz electrónica le informó de que tenía nueve mensajes. Pierce se sintió sorprendido por la cifra -no habían puesto en servicio su número hasta esa mañana-, pero también esperanzado con la idea de que alguno pudiera ser de Nicole. Tal vez varios. De pronto se imaginó a sí mismo devolviendo todos los muebles que Mónica había encargado por Internet. Se vio cargando las cajas de ropa otra vez a la casa de Amalfi Drive.
Pero ninguno de los mensajes era de Nicole. Ninguno era de sus asociados ni tampoco de sus asociados-amigos. Sólo uno estaba destinado a él, un mensaje de bienvenida al servicio de la ya familiar voz electrónica.
Los siguientes ocho mensajes eran todos para Lilly, cuyo apellido nunca se mencionaba. La misma mujer para la cual ya había interceptado tres llamadas. Todos los mensajes eran de hombres. Unos pocos dejaban su número de móvil o lo que decían que era una línea directa de la oficina. Algunos mencionaban que habían sacado el número de la red o del sitio, sin ser más específicos.
Pierce borró los mensajes después de escucharlos.
