
Se preguntó cuánto tiempo habría estado el teléfono fuera de servicio antes de que se lo asignaran a él. La cantidad de llamadas a la línea en un solo día indicaba que probablemente el número seguía apareciendo en el sitio Web mencionado en algunos de los mensajes, y la gente todavía pensaba que era el teléfono de Lilly.
– Se equivoca -dijo en voz alta, aunque rara vez hablaba consigo mismo cuando no estaba mirando a una pantalla de ordenador o metido en un experimento de laboratorio.
Pasó la página otra vez y leyó la información que Mónica había escrito para él. La secretaria personal había incluido el número de atención al cliente de la compañía telefónica. Podía llamar para que le cambiaran el número, de hecho sabía que tenía que hacerlo. También sabía que sería un incordio tener que volver a enviar por correo electrónico notificaciones para corregir el número.
Algo más lo hizo dudar sobre la idea de cambiar el número. Tenía que admitirlo. Estaba intrigado. ¿Quién era Lilly? ¿Dónde estaba? ¿Por qué había renunciado al número de teléfono y en cambio lo había dejado en el sitio Web? Había un defecto en la lógica, y probablemente era eso lo que le cautivaba. ¿Cómo mantenía el negocio si su sitio Web proporcionaba un número equivocado al cliente? La respuesta era que no lo hacía. No podía. Algo no encajaba y Pierce quería saber qué era y por qué.
