Al reconocerlo, cayó en la cuenta de que había alquilado un apartamento con vistas a todas las cosas que le recordaban a Nicole, pero no quiso explorar esa patología subliminal.

Puso la moneda de diez centavos en el pulgar y la lanzó al aire. Observó cómo desaparecía en la oscuridad. Abajo había un parque, una franja de verde entre el edificio y la playa. Ya se había fijado en que por la noche entraban vagabundos que extendían sus sacos de dormir bajo los árboles. Quizá alguno de ellos encontraría los diez centavos.

Sonó el teléfono. Pierce volvió a la sala de estar y vio la pantallita de cristal líquido brillando en la oscuridad. Levantó el auricular y leyó la pantalla. La llamada procedía del hotel Century Plaza. Se lo pensó durante un par de timbrazos más y contestó sin decir diga.

– ¿Quiere hablar con Lilly? -preguntó.

Hubo un largo silencio, pero Pierce sabía que había alguien al otro lado de la línea. Oía el ruido de fondo de la televisión.

– ¿Hola? ¿Es una llamada para Lilly?

Finalmente contestó una voz de hombre.

– Sí, ¿está ahí?

– No está aquí ahora. ¿Me permite que le pregunte de dónde ha sacado el número?

– Del sitio.

– ¿Qué sitio?

El hombre colgó. Pierce se quedó un momento con el auricular pegado a la oreja y después colgó. Estaba caminando por la habitación para devolver el teléfono a su lugar cuando sonó de nuevo. Pierce pulsó el botón de hablar sin mirar la pantalla del identificador de llamada.

– Se equivoca -dijo.

– Espera, Einstein, ¿eres tú?

Pierce sonrió. Esta vez no se equivocaban. Reconoció la voz de Cody Zeller, uno de los miembros de la lista A que habían recibido su nuevo número. Zeller solía llamarlo Einstein, uno de los apodos de la universidad que todavía perduraba. Zeller era en primer lugar un amigo y en segundo lugar un asociado. Como asesor de seguridad informática, había diseñado numerosos sistemas para Pierce a lo largo de los años, a medida que la empresa crecía y se trasladaba a locales cada vez mayores.



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