– Perdona, Cody -dijo Pierce-. Pensaba que eras otra persona. En este número se reciben un montón de llamadas equivocadas.

– Número nuevo, casa nueva, ¿significa eso que vuelves a ser soltero y libre?

– Supongo que sí.

– Tío, ¿qué ha pasado con Nicki?

– No lo sé, no quiero hablar de eso.

Sabía que hablar del tema con amigos añadiría una nota de permanencia al final de su relación.

– Te diré yo lo que ha pasado -dijo Zeller-. Demasiado tiempo en el laboratorio y menos de lo necesario entre las sábanas. Ya te lo avisé, tío.

Zeller rió. Siempre había tenido una especial habilidad para observar una situación y eliminar lo superficial. Y su risa le decía a Pierce que no era excesivamente comprensivo con sus circunstancias. Zeller era soltero y Pierce no le recordaba ninguna relación larga. Ya en la universidad había prometido a Pierce y a otros amigos comunes que nunca practicaría la monogamia. Zeller conocía a la mujer en cuestión. En calidad de experto en seguridad, también se encargaba para Pierce de investigar en la Red los antecedentes de los solicitantes de empleo y los inversores. En esa función, en ocasiones trabajaba cerca de Nicole James, la agente de inteligencia de la compañía. O, mejor dicho, la ex agente de inteligencia.

– Sí, ya lo sé -dijo Pierce, aunque no quería hablar de eso con Zeller-. Debería haberte escuchado.

– Bueno, tal vez esto significa que podrás retirarte y reunirte conmigo en Zuma un día de estos.

Zeller vivía en Malibú y practicaba surf todas las mañanas. Hacía casi diez años Pierce era uno de sus asiduos acompañantes cabalgando las olas, pero ni siquiera se había traído la tabla al mudarse de la casa de Amalfi. Había quedado colgada de una de las vigas del garaje.



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