– No sé, Code. Sigo teniendo el proyecto, ya lo sabes. No creo que mi tiempo libre vaya a cambiar demasiado sólo porque ella…

– Eso es verdad, ella sólo era tu novia, no el proyecto.

– No quería decir eso, pero no creo que…

– ¿Y esta noche? Voy a bajar. Seremos los reyes de la ciudad como en los viejos tiempos. Ponte los vaqueros negros, chico.

Zeller rió para infundirle ánimos. Pierce no lo hizo. Nunca había habido viejos tiempos como ésos. Pierce nunca había sido un jugador. Lo suyo eran los téjanos azules, no negros. Siempre había preferido pasar la noche en el laboratorio, mirando por un microscopio de efecto túnel antes que buscar sexo en un club con el motor interno alimentado por alcohol.

– Creo que voy a pasar, tío. Tengo un montón de cosas que hacer y he de volver al laboratorio esta noche.

– Hank, tío, tienes que darle un descanso a las moléculas. Una noche libre. Vamos, sacudir tus moléculas por una vez te aclarará las ideas. Puedes contarme todo lo que pasó entre Nicki y tú, y haré ver que me das lástima. Te lo prometo.

Zeller era la única persona del planeta que lo llamaba Hank, un nombre que Pierce detestaba. Sin embargo, era lo bastante listo para saber que decírselo a Zeller sólo provocaría que su amigo lo usara a todas horas.

– Llámame la próxima vez, ¿vale?

Zeller cedió de mala gana y Pierce le prometió reservar una noche del fin de semana para salir. No hizo promesas acerca del surf. Ambos colgaron y Pierce puso el teléfono en su lugar. Cogió la mochila y se encaminó a la puerta del apartamento.

2

Pierce usó su tarjeta magnética para entrar en el garaje anexo a Amedeo Technologies y estacionó su 540 en el espacio que tenía asignado. La puerta de entrada al edificio se abrió cuando se aproximaba, y el vigilante nocturno le saludó desde la tarima situada tras una puerta con cristal doble.



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