
Saludó a la familia de su novia en un tono bajo y agradable. Las trompetas que tocaban en el coro llegaron a un crescendo, se giró, y Meg sintió una perforación.
Esos ojos… Ámbar dorados tocados con miel y borde de pedernal. Ojos que brillaban con inteligencia y percepción. Ojos que cortaban la respiración. Cuando estuvo en frente de él, sintió que Ted Beaudine veía dentro de ella y se daba cuenta de lo todo lo que ella intentaba tan duramente ocultar: su insuficiencia, su fracaso absoluto para reclamar un lugar digno en el mundo.
Ambos sabemos que eres un desastre, decían sus ojos, pero estoy seguro que algún día madurarás. Si no… Bueno… ¿Qué se puede esperar de una niña mimada de Hollywood?
Lucy estaba presentándolo. -… tan contenta de que finalmente os podáis conocer. Mi mejor amiga y mi futuro marido.
Meg se sentía orgullosa de su apariencia dura, pero apenas consiguió un leve asentimiento.
– Si pudiera tener su atención… -dijo el ministro.
Ted apretó la mano de Lucy y sonrió a la cara vuelta hacia arriba de su novia, una sonrisa de cariño, estaba convencida de que ni una sola vez se perturbó la imparcialidad de sus ojos de tigre de cuarzo. La alarma de Meg creció. Fuera las que fueran las emociones que sentía por Lucy, ninguna de ellas incluía la pasión feroz que su mejor amiga merecía.
Los padres del novio fueron los anfitriones de la cena de ensayo, una barbacoa espléndida para unos cien, en el club de campo local, un lugar que representaba todo lo que Meg detestaba: gente blanca, consentida y rica demasiado obsesionada con su propio placer como para tener en cuenta los daños que los campo de golf químicamente envenenados y con alto consumo de agua le hacían al planeta.
