Te llamas a ti misma ciudadana del mundo, sus ojos susurraban, pero eso sólo significa que no perteneces a ningún sitio.

Tenía que centrarse en situación de Lucy, no en la suya, y tenía que hacer algo rápidamente. ¿Y qué importaba si quedaba como una borde? Lucy estaba acostumbrada a la franqueza de Meg, y la buena opinión de Ted Beaudine no significaba nada para ella. Ella tocó el nudo de tela en su hombro. -Lucy también olvidó mencionar que eras el alcalde de Wynette… además de ser su santo patrón.

Él ni pareció ofenderse, sentirse alagado o desconcertado por el comentario de Meg. -Lucy exagera.

– No lo hago -, dijo Lucy. -Juro que la mujer junto a la vitrina de trofeos hizo una genuflexión cuando pasaste por allí.

Ted sonrió y Meg se quedó sin aliento. Esa sonrisa lenta le daba una apariencia infantil peligrosa que Meg no se tragó ni por un momento. Ella se arriesgó. -Lucy es mi mejor amiga, la hermana que siempre quise, pero ¿tienes idea de cuántos hábitos molestos tiene?

Lucy frunció el ceño, pero no trató de desviar la conversación, lo que lo decía todo.

– Sus defectos son pequeñas comparados con los míos -. Sus cejas eran más oscuras que su pelo, pero sus pestañas eran pálidas, con puntas de oro, como si hubieran sido sumergidas en las estrellas.

Meg fue más allá. -¿Exactamente cuáles serían esos defectos?

Lucy parecía tan interesada en su respuesta como la misma Meg.

– Puedo ser un poco ingenuo -, dijo. -Por ejemplo, me dejé enredar para ser el alcalde a pesar de que no quería serlo.

– Así que tú eres una persona que complace a la gente -. Meg no intentó hacerlo sonar como otra cosa que una acusación. Quizás podría confundirlo.

– No soy exactamente alguien que complace a la gente -, dijo suavemente. -Simplemente fui tomado por sorpresa cuando mi nombre salió en la votación. Debería habérmelo esperado.



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