Meg intentó mantener la compostura. -Estoy segura de que lo aprecia tanto como él a ella. Lucy es una persona muy especial.

Birdie aprovechó la oportunidad para ofenderse. -No es tan especial como Ted, pero tendrías que vivir aquí para entenderlo.

Meg no iba entrar en un concurso de quién escupe más lejos con esta mujer, no importaba lo mucho que lo deseara, así que mantuvo su sonrisa firmemente en su lugar. -Vivo en Los Ángeles entiendo muchas cosas.

– Todo lo que digo es que porque ella sea la hija de la Presidenta no significa que esté por encima de Ted o que todo el mundo vaya a darle un trato especial. Él es el mejor joven del estado. Ella tendrá que ganarse nuestro respeto.

Meg luchó para controlar su temperamento. -Lucy no tiene que ganarse el respeto de nadie. Es una mujer amable, inteligente y sofisticada. Ted es el que tiene suerte.

– ¿Estás sugiriendo que él no es sofisticado?

– No. Simplemente estoy señalando…

– Wynette, Texas, puede no significar mucho para ti, pero resulta que es un pueblo muy sofisticado y no apreciamos tener forasteros que vengan y nos juzguen simplemente porque no somos peces gordos de Washington -. Cerró bruscamente su bolso. -O celebridades de Hollywood.

– Lucy no es…

– La gente aquí tiene que dejar su propia huella. Nadie va a besar el trasero de nadie sólo por quienes son sus padres.

Meg no sabía si Birdie estaba hablando de la propia Meg o sobre Lucy, y no le importaba mucho. -He visitado pequeños pueblos alrededor de todo el mundo, y los que no tienen nada que probar siempre dan la bienvenida a los forasteros. Es en los sitios dejados de la mano de Dios, los pueblos que han perdido su lustre, los que ven a cada cara nueva como una amenaza.

Las cejas rojizas delineadas de Birdie llegaron hasta la línea de su pelo. -No hay nada dejado de la mano de Dios en Wynette. ¿Eso es lo que ella piensa?

– No, es lo que pienso yo.



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