Francesca Beaudine no era tonta. Miró a Meg de forma fría y evaluadora, a continuación se llevó a Nealy hacia un grupo que incluía a la pelirroja del baño de señoras y a Emma Traveler, la esposa del padrino de Ted, Kenny Traveler, otra de las grandes estrellas del golf profesional. Después de eso, Meg buscó a los invitados más inadecuados que pudo encontrar, un motorista que declaraba ser uno de los amigos de Ted, pero incluso la distracción de unos grandes pectorales no podía animarla. En cambio, el motorista le hizo pensar en la alegría de sus padres si hubiera llevado alguna vez a alguien a casa remotamente parecido a Ted Beaudine.

Lucy tenía razón. Él era perfecto. Y no podía ser más inadecuado para su amiga.


No importaba como Lucy colocara sus almohadas, no podía ponerse cómoda. Su hermana Tracy dormía silenciosamente después de insistir en compartir la cama de Lucy esta noche. Nuestra última noche para ser sólo de hermanas… Aunque Tracy no estaba triste por la boda. Ella adoraba a Ted tanto como los demás.

Lucy y Ted tenían que agradecer a sus madres por juntarlos. -Él es increíble, Luce -, había dicho Nealy. -Espera a conocerlo.

Y él fue increíble… Meg no debería haber plantado todas esas dudas en su cabeza.

Excepto que las dudas habían estado allí durante meses, aunque Lucy las mantenía alejadas. ¿Qué mujer en su sano juicio no se enamoraría de Ted Beaudine? Él la deslumbró.

Lucy apartó las sabanas. Todo esto era culpa de Meg. Ese era el problema con Meg. Ella volvía todo del revés. Ser la mejor amiga de Meg no hacía que Lucy fuera ciega a sus defectos. Meg era malcriada, imprudente e irresponsable, en busca de desafíos en la cima de una montaña en lugar de centrarse en sí misma. También era decente, cuidadosa, leal, y la mejor amiga que Lucy había tenido nunca. Cada una de ellas había encontrado su propia manera de vivir a la sombra de sus padres famosos: Lucy conformándose y Meg corriendo por el mundo, tratando de escapar del legado de sus padres.



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