Meg no conocía su propia fuerza: la considerable inteligencia que había heredado de sus padres, pero que nunca descubrió como usarla en su beneficio; la apariencia desgarbada y poco convencional que la hacía más llamativa que las predecibles mujeres guapas. Meg era buena en tantas cosas que había llegado a la conclusión que no era buena en nada. En su lugar, se había resignado a ser inadecuada y nadie, ni sus padres ni Lucy, podía quitarle esa convicción.

Lucy giró su cara contra la almohada, intentando acallar en su memoria ese horrible momento por la noche después de que regresaran al hotel, cuando Meg había apretado a Lucy en un abrazo. -Luce, él es maravilloso -, había susurrado. -Todo lo que dijiste. Y no puedes casarte con él.

La advertencia de Meg no había sido tan alarmante como la propia respuesta de Lucy. -Lo sé -, ella había escuchado su propio susurro de respuesta. -Pero voy a hacerlo de todas formas. Es demasiado tarde para echarse atrás.

Meg le había dado una fuerte sacudida. -No es demasiado tarde. Te ayudaré. Haré todo lo que pueda -. Lucy se había alejado y apresurado a su habitación. Meg no lo entendía. Era una chica de Hollywood, donde los escándalos eran normales, pero Lucy era una chica de Washington, y ella conocía el corazón conservador del país. El público estaba centrado en esta boda. Había visto a los niños Jorik crecer y aceptado unos cuantos errores de juventud. Programas de noticias de todo el mundo se había presentado para cubrir la boda, y Lucy no podía cancelar las cosas por una razón que no era capaz de definir. Además, si Ted era tan malo para ella, ¿no lo habría notado alguien más? ¿Sus padres? ¿Tracy? ¿No hubiera sido Ted, que lo veía todo tan claro, quién lo hubiera descubierto?



19 из 340