
Tracy, cuyo cabello rubio había sido arreglado en un complicado recogido, dio un suspiro ahogado. -Luce, ¿qué estás haciendo?
Lucy ignoró a su hermana. -Ve a por él, Meg. Por favor.
Meg había hecho todo lo posible para convencerla, pero esto era algo temerario incluso para ella. -¿Ahora? ¿No piensas que lo podrías haber hecho hace un par de horas?
– Tenías razón. En todo lo que dijiste. Tenías toda la razón -. Incluso a través de unos metros de tull, la cara de Lucy se veía pálida y afligida. -Ayúdame. Por favor.
Tracy se giró hacia Meg. -No lo entiendo. ¿Qué le dijiste? -No esperó una respuesta, sino que agarró la mano de su hermana. -Lucy, estás teniendo un ataque de pánico. Todo va a estar bien.
– No. Yo… yo tengo que hablar con Ted.
– ¿Ahora? -dijo Tracy haciéndole eco a Meg. -No puedes hablar con él ahora.
Pero ella tenía que hacerlo. Meg lo comprendía, aunque Tracy no lo hacía. Apretando su agarre sobre un ramo de lirios en miniatura, Meg puso una sonrisa en su cara y salió al pasillo blanco inmaculado.
Un pasillo horizontal dividía la parte delantera del santuario de la posterior. La ex presidenta de los Estados Unidos y su marido esperaban allí, con los ojos húmedos y orgullosos, para escoltar a su hija en su recorrido final como una mujer soltera. Ted Beaudine estaba en el altar, junto con su padrino y tres acompañantes. Un rayo de luz caía directamente sobre su cabeza poniéndole, ¿qué más?, un halo.
Meg había sido amablemente aconsejada en el ensayo de anoche como para caminar demasiado rápido por el pasillo, pero eso no era por lo que ahora había reducido su acostumbrada larga zancada a pasos de bebé. ¿Qué había hecho? Los invitados se giraron con anticipación, esperando para ver aparecer a la novia. Meg llegó al altar demasiado pronto y se detuvo en frente de Ted en lugar de ponerse en su sitio al lado de Charlotte.
