Una sombra se movía por encima de ella. Comprendió que estaba sufriendo un ataque cardíaco, un ataque de pánico. En ese momento pareció remitir, pero de nuevo volvieron a estrangularla. Jamás se había enfrentado a algo tan espantoso como esa brumosa figura amarillenta. Se le hinchó todo el rostro, abrió la boca para intentar tomar aire desesperadamente y se le salió la lengua fuera. Tenía los ojos desorbitados.

«Estoy internada en un sanatorio.» Desde su juventud, esa frase había sido en su conciencia como el cerco que deja un charco al secarse. Tarde o temprano, siempre acababa por reaparecer. Ingrid no comprendía por qué. No quería reconocer que era la metáfora de su vida; la metáfora de toda su generación, en realidad. Describía esa sensación de verse recluido en un perfecto y meditado orden de comodidad. Una sensación de opresión. De estar aprisionado en algo que no era deplorable, pero que, no obstante, nadie encontraba natural.

Sus primeros años de vida habían coincidido con la época de la última guerra mundial; «conflagración mundial», habría preferido llamarla ella. Con siete y ocho años, había pasado noches que le parecían interminables temblando en los bunkeres antiaéreos de Colonia. Igual que los vuelos rasantes, sus miedos aparecían sobrecogedora y súbitamente, y la impulsaban a realizar cosas inexplicables. Una vez hicieron que se levantara de un salto entre toda la gente que permanecía acuclillada, murmurando sus tenues oraciones, y meara de pie delante de ellos. En un inesperado silencio bélico, el chorro se oyó caer como si no tuviera fin. Una sombra se levantó de entre los agazapados, junto a ella, y le dio un bofetón. De pequeña siempre le pegaban y la atormentaban. Pero así eran aquellos tiempos. Ni ella ni nadie quiso volver a saber nada después.



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