Sin embargo, esas traumáticas emociones siguieron viviendo en su interior como fantasmas en el alcantarillado de una hermosa ciudad. Y hermosa era lo que Ingrid Scholl deseaba ser.

Cada vez más hermosa; ésa habría sido su intención de no haber encontrado su vida un repentino final con ese espantoso suceso. No habría abandonado su lucha a ningún precio. La decisión de no rendirse le parecía acertada desde antes de dejar atrás la pubertad, así que, mientras la asesinaban brutalmente, siguió luchando hasta su última convulsión nerviosa.


Era la última semana de la temporada. Por colinas y valles resonaba la llamada del disc-jockey: «Nos veremos esta noche, tonight we are all together». Pero ella se alegraba de que el bullicio fuera a terminar pronto. Los yates de lujo zarparían de nuevo, los restaurantes y los hoteles cerrarían, las estanterías de los supermercados volverían a estar llenas y las calles, transitables. El sol y el azul del cielo contenían ya algo de la clemencia del otoño. Ya no había que huir del sol, aunque seguía siendo aconsejable que ese día se sentaran a comer bajo una de las sombrillas del Mesón Sidrería, allí abajo, en el puerto deportivo. Mientras esperaba a Erika y a Franziska contempló las gaviotas que sobrevolaban los veleros. La noche anterior, Franziska había hecho una fondue de queso en su casa y habían vuelto a pasar una de sus típicas veladas. A Franzi al menos se le daba bien la cocina. Pero ¿no era ella demasiado rica para compartir una fondue de queso con Erika y Franzi? Sus dos amigas llegaron juntas y pidieron vino blanco. Ingrid no probó, porque quería que le echaran las runas y esos días tenía prohibido el alcohol. A lo mejor por eso se sentía tan rara.

El caso es que no se encontraba bien. Últimamente tenía muy a menudo esa sensación, como cuando su mirada se había detenido sobre la foto de Günter mientras se pintaba las uñas. Estaba pensando en encargar, además de las orquídeas, otra caja de bombones de la pastelería Es Moll d'Or, y mientras tanto miraba la fotografía. De repente el cristal se había resquebrajado y había saltado hecho añicos.



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