
– Ojala hubiésemos esperado. No sé por qué escuchamos a ese viejo decir que hoy era el mejor día para viajar -continuó Simon, gritando las palabras en su oído-. Primero esperamos durante casi dos días claros porque los presagios eran malos y después con la palabra de un hombre sin dientes simplemente nos subimos a la lancha como si fuésemos ovejas.
Rachael recordaba al anciano con sospechosos ojos y grandes huecos donde deberían haber estado sus dientes. La mayoría de las personas que conocieron eran amistosas, más que amistosas. Sonriendo y siempre dispuestos a compartir todo lo que tenían, la gente a lo largo del río vivía simplemente con total felicidad. El anciano la había incomodado. Los buscó, hablando con Don Gregson en la salida a pesar de la obvia renuencia de Kim Pang. Kim casi se había echado atrás en lo de guiarlos al pueblo, pero la gente necesitaba la medicina y las guardó cuidadosamente.
– ¿Es la medicina moneda de pago para los bandidos? -gritó la pregunta a Simon por encima del ruido del río.
Los bandidos eran famosos por ser de lo más común a lo largo de los sistemas fluviales de Indochina. Habían sido advertidos por más de una amigable fuente de que tuvieran cuidado cuando continuaran río arriba.
– No sólo la medicina, sino que nosotros también lo somos -confirmó Simon-. Ha habido un rastro de secuestros por algunos de los grupos rebeldes para supuestamente recaudar dinero para su causa.
– ¿Cuál es su causa? -preguntó Rachael con curiosidad.
– Hacerse ricos -Simon se rió de su propia broma.
El barco se movió a sacudidas sobre el agua, sacudiéndolos a todos, salpicando espuma del agua en sus caras y pelo.
– Odio este lugar -se quejó Simon-. Odio todo lo que tiene que ver con este lugar. ¿Cómo podrías querer vivir aquí?
