– ¿En serio? -Rachael miró hacia la selva cuando se apresuraron. Enormes árboles, tan enmarañados juntos que ella no podía distinguir uno del otro, pero parecían invitantes. Un refugio. Su santuario-. Para mí es hermoso.

– ¿Incluso las serpientes? -el barco cabeceó salvajemente y Simon se agarró a un asidero para no salir lanzado por la borda.

– Hay serpientes en todos los sitios -replicó Rachael suavemente, incapaz de oír por encima del rugido del agua.


Ella había tenido cuidado al desaparecer de su casa en los Estados Unidos, había planeado cada paso cuidadosamente, con paciencia. Sabiendo que era observada, había ido casualmente al departamento de ropa y había pagado una enorme suma a una extraña para que saliera llevando sus ropas, gafas oscuras y chaqueta. Rachael prestó atención a los detalles. Incluso los zapatos eran los mismos. La peluca era perfecta. La mujer dio una vuelta lentamente a lo largo de la calle, miró escaparates, eligió una enorme tienda, se cambió de ropa en los probadores, alejándose mucho más rica de lo que jamás se había imaginado. Rachael había desaparecido sin dejar rastro en ese momento.

Compró un pasaporte y un DNI con el nombre de una mujer hacía tiempo fallecida y se marchó a un Estado diferente, uniéndose a un grupo de misioneros en un viaje de ayuda a las remotas áreas de Malasia, Borneo e Indochina. Había conseguido escapar de los Estados Unidos sin que la detectaran. Su plan había sido brillante. Excepto porque no funcionó. Alguien la encontró. Dos días antes se había encontrado una cobra en su habitación cerrada. Rachael sabía que eso no era una coincidencia. La cobra había sido dejada en su habitación a propósito. Incluso había tenido suerte de verla antes de que tuviese oportunidad de morderla, pero ella sabía que no tenía que depender de la suerte. Alguien a quien conocía podía ser un asesino a sueldo. No tenía otra opción que no fuese morir, y la tormenta proveía la oportunidad perfecta.



5 из 360