
La nebulosa de Andrómeda es una obra larga e infinitamente más ambiciosa que Naves de estrellas. Ha sido violentamente atacada por una parte de la Prensa soviética y, de modo particular, por el influyente Periódico Industrial y Económico. El motivo es que se trata de una novela desarrollada en un futuro tan lejano, que nuestros actuales conceptos políticos y los nombres de los grandes hombres de nuestra época ya han sido olvidados. Nadie se acuerda ya de Kruschev, ni de Marx, ni de Lenin. Pero los nombres de los dioses griegos están siempre presentes en los labios y en la memoria de los hombres, porque la belleza y el ideal son inmortales. En este mundo futuro, el hombre ya no está solo. La televisión interestelar le pone en contacto con otros planetas, habitados por seres que son superiores a él. Poco después de la publicación de La nebulosa de Andrómeda, los americanos pusieron en práctica un proyecto destinado precisamente a realizar un enlace radiofónico interestelar. He aquí cómo, una vez más, la ciencia-ficción ha triunfado sobre sus detractores.
Efremov describe minuciosamente este mundo futuro. Las ciencias: unas matemáticas sin paradojas; una física dialéctica, una biología que ya ha resuelto los secretos de la vida. Las técnicas: aeronaves que se alimentan de una propulsión proporcionada por una materia en la que las relaciones mesónicas han sido eliminadas, y que permiten viajes a las estrellas; máquinas casi inteligentes; la síntesis de los alimentos. La vida cotidiana de estos hombres y de estas mujeres libres está descargada de las preocupaciones que pesan sobre nosotros, pero no siempre son felices. La nebulosa de Andrómeda, la galaxia más próxima a la nuestra, domina el libro, conjunto de meta y símbolo. Los personajes intentan abolir las barreras del espacio y del tiempo, a fin de abrir en el cosmos una puerta que conduzca directamente a la nebulosa de Andrómeda. Al fin lo conseguirán, pero al precio de una catástrofe.
