
Vladimir Dudincev
Cuento de Año Nuevo
Yo vivo en un mundo fantástico, en un país de fábula, en una ciudad creada por mi imaginación. En ella suceden aventuras asombrosas, y yo también he tomado parte en ellas. Les contaré algo aprovechando el hecho de que en Año Nuevo los hombres se muestran propicios a escuchar, confiados, cualquier fábula. Les hablaré de algunas jugarretas que nos juega el tiempo. El tiempo no conoce límites, es ubicuo. Pero en mi mundo imaginario es posible, si se quiere, regular los relojes con la señal horaria de Moscú. Es por eso por lo que me he decidido a contar mí historia. Puede suceder que para algún lector ciertos pasos de mi fábula crucen su vida verdadera y no imaginaria.
Llegó volando a nuestra ciudad un pájaro misterioso, una lechuza, y visitó a algún afortunado. El primero fue mi jefe superior, director del Laboratorio de Investigaciones Solares donde trabajo. El segundo, un médico, especialista en neuropatología, compañero mío de colegio. Para tercero, la lechuza me eligió a mí. Es un pájaro singular. No estaría de más que se estudiasen sus costumbres y que su imagen se reprodujese en las enciclopedias.
En aquella época yo había publicado trabajos científicos sobre ciertas propiedades de la luz solar. Era ayudante de cátedra de ciencias, tomaba parte, en calidad de consejero, en diversas comisiones e intentaba convertirme, lo más pronto posible, en una persona situada. Imitando los modales de nuestros ilustres ancianos, aprendí a mantener, con ellos, la cabeza alta; como ellos meditaba largamente las preguntas que se me formulaban y, como ellos, alzando una ceja, emitía con voz musical mi preciosa y ponderada respuesta. Otro de mis rasgos característicos era el cuidado que dispensaba a mi abrigo. Teníamos armarios en nuestras habitaciones de trabajo y, tal como hacían los viejos, dejaba el mío en un colgador de madera marcado con mis iniciales.
