Dada mi condición de hombre no privado de talento, tomé la costumbre, por consejo de un académico, de anotar las ideas que se me ocurrían. Ya es sabido que las ideas más brillantes no son las que llegan con fatiga, tras horas y horas de trabajo en la mesa. A veces, las ideas brillantes llegan como empujadas por el viento. Te pueden sorprender caminando por la calle. Anotaba aquellos pensamientos y luego los olvidaba. En compensación, la mujer que encendía nuestras estufas, recordaba muy bien que en los cajones de mi escritorio se hallaban mágicos papeles que ardían como la pólvora. Tenía el detalle de limpiar mi mesa y con aquellos papeles encender todas las estufas del laboratorio.

Dentro de mí había un ingeniero nato. Y — ¿por qué no? — un profesor de ciencia. Un científico de mejillas mofletudas que a veces hacía novillos, especialmente por la tarde, cuando nosotros, los solteros, nos sentábamos frente al televisor de nuestra habitación e, inmóviles, como hipnotizados, con los ojos abiertos, observábamos durante horas las piernas de los futbolistas que relampagueaban en la azulina pantalla.

Como veis, no me adulo a mí mismo. Exhibo y continuaré haciéndolo, muchos aspectos de mi carácter, para que podáis juzgarlos con pleno conocimiento. Yo soy mi primer juez. De un tiempo a esta parte, es como si se me hubieran abierto los ojos. Justo desde aquel día en que la lechuza me hizo la primera visita. Ha sido ella la que me los ha abierto. Y se lo agradezco.

Por ejemplo, he podido ver desde un ángulo distinto mi polémica con un tal S., miembro correspondiente de una academia científica de provincias. Hace cinco años, en un artículo suyo, definió un trabajo mío como «fruto de ociosas elucubraciones»… Debía replicar. En un nuevo artículo refuté, corno por casualidad, las tesis fundamentales de S. e inserté —a propósito— palabras como éstas: «Es precisamente lo que en vano intenta demostrar el ayudante S.» (Sé con certeza que, como miembro correspondiente, S.



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