
— ¿Para hacer qué? —intervino, de improviso, un hombre de mediana edad, seco y rechoncho, habitualmente silencioso. Se sentaba junto a mí y se distinguía de todos nosotros por una marcada dejadez en el vestir, por un carácter taciturno y una inaudita capacidad de trabajo.
«Esos cuatrocientos años no le servirían de nada — replicó—. Ni siquiera ahora tiene usted prisa.
— Quiero hacerles observar — el director levantó la voz, como reproche por haber sido interrumpido—. Quiero hacerles observar que tales lechuzas han sido halladas, en distintas épocas, en muchos países. En un desierto existe una gigantesca lechuza de granito. Pero en nuestra localidad es la primera que se ha encontrado. Puedo sentirme orgulloso de ello.
En este momento se iluminó con una amplia sonrisa.
— Esta lechuza y esta inscripción son un descubrimiento mío, personal. He encontrado la lápida al excavar en mi jardín.
Nos alegramos con el afortunado descubridor, miramos, una vez más, la lechuza y cada uno volvió a su sitio.
— Haré todo lo posible para comprender el significado de este dibujo — aseveró el jefe—. Luego escribiré un informe.
— ¿Este jeroglífico no pretendería señalar al hombre que mejor hubiera sabido aprovechar el tiempo? — supuse yo.
— Es posible. Pero hay que confirmarlo.
— ¡Pero novecientos años de vida…! No pude contener la exclamación. ¿Había sido posible alguna vez tal longevidad?
— Todo es posible — graznó mi vecino rechoncho, siempre atareado, sin interrumpir su trabajo.
— Y con esto, ¿qué quiere dar a entender? — preguntó cortésmente el director.
— El tiempo es un enigma — fue la enigmática respuesta.
— Sí, el tiempo es un enigma — recalcó el jefe, logrando, al vuelo, la idea. Descolgó de la pared una clepsidra, le dio la vuelta y la colocó sobre su mesa—. Transcurre — dijo, mirando la arena—. Y miren el resultado: el instante en que vivimos puede compararse a un minúsculo granito, a un punto infinitamente pequeño… Desaparece en seguida…
