es igual que yo, un ayudante). A este ataque mío, S. contestó al punto con un opúsculo, donde, casi de pasada, afirmaba que yo forzaba los resultados de mis experimentos, para darles estado de teoría, colocando la palabra teoría entre comillas. Poco después, publiqué un ensayo sobre mis observaciones sobre el sol, que confirmaba la teoría puesta entre comillas y destruían por completo los cálculos de S. «El crucero ha recibido un torpedo en plena santabárbara», observaron por aquel entonces mis compañeros. No había mencionado el nombre de S. en mi artículo. Sabía que mi adversario no soportaría este segundo torpedo. Me había limitado a decir: «Ciertos autores…» Pero el crucero resistió y contestó…

Y así sucesivamente. Esta escaramuza, empezada cinco años atrás, había sacudido notablemente mis nervios. Y no sólo los míos…

Pero volvamos a los hechos. Una mañana nos reunimos todos en nuestro laboratorio, colgamos nuestros capotes en los percheros y, antes de ponernos a investigar, iniciamos, como de costumbre, la conversación matutina de preparación. Fue nuestro anciano y reverendísimo director, titular de ciencias, el que empezó. A ratos perdidos se dedicaba a las antigüedades, coleccionaba hachas de la edad de piedra, monedas antiguas y libros. Creo que todo el sentido de su plácida vida reposaba más en estas aficiones que en nuestro trabajo.

— ¡Qué curioso! — Dijo, invitándonos a prestar atención—. Hace poco tiempo, al descifrar una inscripción en una lápida de piedra, encontré esta figura.

Y nos enseñó una hoja blanca sobre la que estaba dibujada, con tinta china, una orejuda lechuza.

— También he podido leer la inscripción — continuó el director con orgullo—. Decía: «Y los años de su vida eran novecientos».

— Ya… — murmuró pensativo uno de mis compañeros de grupo, seductor y burlón—. A mí me bastaría con cuatrocientos.



21 из 414