
Y así sucesivamente. Esta escaramuza, empezada cinco años atrás, había sacudido notablemente mis nervios. Y no sólo los míos…
Pero volvamos a los hechos. Una mañana nos reunimos todos en nuestro laboratorio, colgamos nuestros capotes en los percheros y, antes de ponernos a investigar, iniciamos, como de costumbre, la conversación matutina de preparación. Fue nuestro anciano y reverendísimo director, titular de ciencias, el que empezó. A ratos perdidos se dedicaba a las antigüedades, coleccionaba hachas de la edad de piedra, monedas antiguas y libros. Creo que todo el sentido de su plácida vida reposaba más en estas aficiones que en nuestro trabajo.
— ¡Qué curioso! — Dijo, invitándonos a prestar atención—. Hace poco tiempo, al descifrar una inscripción en una lápida de piedra, encontré esta figura.
Y nos enseñó una hoja blanca sobre la que estaba dibujada, con tinta china, una orejuda lechuza.
— También he podido leer la inscripción — continuó el director con orgullo—. Decía: «Y los años de su vida eran novecientos».
— Ya… — murmuró pensativo uno de mis compañeros de grupo, seductor y burlón—. A mí me bastaría con cuatrocientos.
