
Pero su base era netamente soviética, porque el torrente de traducciones se había suspendido por la interrupción de las relaciones con Occidente. El mundo de las aventuras, sin embargo, continuó apareciendo, aunque en un papel menos elegante. Mientras tanto, otras revistas de ciencia- ficción, como El Buscador Universal, entraron en liza. Y se multiplicaban las novelas, publicadas, no sólo en la URSS, sino también en el extranjero. Ilja Eremburg, por ejemplo, el más célebre, quizá, de los escritores soviéticos del momento y que en aquella época residía en Berlín, dio a la imprenta, entre 1919 y 1924, más de una novela de ciencia-ficción, una de ellas por lo menos, excelente: El trust D. E. (D. E. son las iniciales de dos palabras rusas que quieren decir «abajo Europa».) Esta novela de anticipación describía la conquista de Europa por el capitalismo americano en términos singularmente proféticos. Ahora es absolutamente imposible encontrarla. Es de esperar que un editor tenga la sagacidad de editarla de nuevo.
En aquella época heroica de la ciencia-ficción soviética, las dos obras más célebres fueron las del gran Aleksej Tolstoj: Aelita, y La hipérbola del ingeniero Garin. La primera es un relato fantástico sobre un viaje a Marte a bordo de un cohete. La segunda cuenta la lucha que se desarrolla en torno a un invento, que recuerda mucho al «rayo de fuego» de Wells. Hace poco, un aparato semejante, destinado a cortar las planchas de blindaje, ha sido construido en una fábrica moscovita, y no hay que asombrarse de que haya sido presentado a la Prensa justamente con «la hipérbola del profesor Garin».
Entre los otros autores de la época heroica (1921–1925) de la ciencia-ficción rusa, hay que citar también a Valentín Kataev (que es el autor de Tiempo adelante, además de Los disipadores y de Blanquea una vela solitaria) y G. Bulgakov. Kataev se ha convertido de inmediato en uno de los más autorizados exponentes de la literatura soviética.