
Uno de los libros menores de Beljaev, La guerra en el éter, conoció un momento de celebridad, al saberse que el Pentágono estaba buscando un ejemplar a cualquier precio. Los estrategas americanos creyeron ver en él una anticipación de la derrota militar de Estados Unidos, victimas de un ataque de cohetes rusos apoyados por la aviación y las armas electrónicas. Pero La guerra en el éter termina con un brusco despertar del protagonista. Sólo ha sido un sueño, una pesadilla, y en el mundo de la realidad, las dos grandes democracias, URSS y USA, no corren ningún peligro de hacerse la guerra una a la otra. Esperemos que, en este punto, Beljaev se haya mostrado un buen profeta. De pasada, indiquemos también que esta conclusión imita la de La guerra infernal, de los franceses Giffardy Robida.
Como la obra de Julio Verne, la de Beljaev es extremadamente sólida. Anticipa poco, y de forma racional e inteligente. Se encuentran en ella pocos errores científicos.
Al igual que Verne, Beljaev se permite, a veces, asombrosas intuiciones poéticas. Fue, probablemente, el primer autor de ciencia-ficción que hizo resaltar que en la luna no hay noche, porque las rocas lunares remiten, por fluorescencia, la luz solar absorbida.
