
Entre los grandes autores mundiales del género, sólo uno ha ejercido una influencia que pueda ser comparada con la de Beljaev: el americano Robert Heinlein. La vida de Beljaev fue un ejemplo de valor. Nació el 22 de marzo de 1884, en Smolensko. Soñó en ser el primer hombre que pudiese volar con alas propias, el primero capaz de construir una máquina volante cuya fuente de energía fuesen los músculos humanos. Los especialistas no han considerado una máquina volante de esa clase del todo imposible; se han realizado tentativas en Inglaterra y con cierto éxito. A los catorce años, Beljaev intentó el primer experimento, saltando desde el techo. Se rompió la columna vertebral. No se pudo levantar de la cama hasta 1922, y durante el resto de su vida llevó un chaleco ortopédico. Su enfermedad tuvo frecuentes recaídas y empeoramientos, pero eso no le impidió ser el primer director de un asilo de infancia; luego, inspector de policía, bibliotecario y consejero jurídico de un ministerio. A partir de 1925 se dedicó exclusivamente a la ciencia-ficción. Casi nunca salía, y trabajaba con una energía implacable. Murió de hambre durante la guerra, el 6 de enero de 1942. Se mantenía al corriente de todas las novedades científicas con admirable celo. No dudaba en inventar, pero siempre partiendo de datos exactísimos. En su novela El ojo submarino, aparecida en 1935, describe la televisión submarina con tal precisión, que algunas de sus páginas podrían muy bien haberse publicado en una obra de divulgación de 1960. En general, las novelas de Beljaev se desarrollan en nuestros días. Pero hay excepciones. Por ejemplo, El laboratorio W está ambientada en el año 2000, y en ella está descrita una de las posibles civilizaciones futuras de la ciencia-ficción. En el mismo libro se encuentran ideas notabilísimas sobre la posibilidad de una prolongación de la vida humana.
